



En el km 15,500 de la antigua N-II, en San Fernando de Henares se alzaba un lugar que no era para todo el mundo. Oscuro, con muchísima presión, de esos que se sienten antes de cruzar la puerta. Entrabas y el estómago apretaba; salías y ya estabas pensando en volver.

Abajo estaba El Infierno: su sala oscura y fría, humo cortando el aire y una presión inigualable que te empujaba a perder la noción del tiempo. Arriba, El Cielo: la terraza, amaneceres interminables, risas, felicidad y los mejores ritmos acompañando la primera luz del día. Dos mundos, una misma verdad: la música mandaba.

Un día se cerró y nos quedamos con la mirada fija en el suelo. Pero Attica no desapareció: se quedó dentro de quienes la vivieron. En cualquier pista, si el bombo aprieta y las miradas se encuentran, su figura vuelve a aparecer en el aire. Por eso, a veces, la invocamos: juntamos a los nuestros, subimos el volumen y dejamos que regrese como lo que siempre fue, presente.

Aunque Attica cerró sus puertas, su latido no se apagó. Por eso nos toca juntarnos de nuevo, rendir homenaje a lo que fuimos y mantener su espíritu en presente.






